Al día siguiente, el periódico publicó la noticia con el titular: La ciudad respiró aliviada, pero Patricia sabía que la poesía nunca muere; solo cambia de forma. En su escritorio, bajo la luz tenue de la lámpara, volvió a abrir su cuaderno y, con la mano temblorosa, comenzó a escribir su propia versión de la historia, una que recordara a todos que el amor, aunque pueda herir, también puede salvar. Fin del Capítulo 11
Al abrirlo, en la última página, una hoja sobresalía. Era el mismo manuscrito que había visto en la fábrica, pero ahora completado con la última línea del poeta asesino: “Y así, bajo la lluvia de rosas, el amor que mata se vuelve eternidad, escrita con sangre y tinta, y guardada en el corazón de quien se atreva a leer.” Patricia tomó la hoja, la guardó en una bolsa de evidencia y, con la certeza de haber descubierto la clave del caso, llamó a la policía. Esa noche, el asesino fue detenido antes de que pudiera cometer su último “amor”. Patricia Faur Amores Que Matan Pdf 11
Una noche, mientras revisaba los archivos en su oficina, Patricia encontró un sobre sin remitente entre los papeles de la mesa. El sobre estaba sellado con cera roja y llevaba, en la parte interior, la palabra escrita con una caligrafía temblorosa. Al abrirlo, descubrió una hoja de papel grueso, del tamaño de una página de libro, con tinta negra que corría como una sombra. “Si buscas el final, no lo hallarás en la luz; el amor que mata se escribe en la sombra del ayer.” Patricia sintió un escalofrío recorrer su espalda. Aquellas palabras resonaban con la última pista que había encontrado: una foto de una mujer de perfil, tomada bajo la lluvia, con el rostro oculto por un paraguas. En la esquina de la foto, casi imperceptible, estaba el número 11 . Al día siguiente, el periódico publicó la noticia
Decidió seguir el rastro. La dirección escrita en la parte posterior del sobre la condujo a una antigua fábrica de papel abandonada, a las afueras de la ciudad. La fachada estaba cubierta de enredaderas y el polvo del tiempo había sellado sus puertas, pero una luz tenue parpadeaba bajo una de las ventanas del segundo piso. Era el mismo manuscrito que había visto en