—Aquí tienes —dijo—. Más de ella, por favor. No como una sola imagen, sino como un legado que sigue vivo en cada gesto, en cada abanico que se abre al viento.
Regresó a la cafetería, donde Arturo ya estaba preparando otra taza. Con una sonrisa que ahora sí alcanzó sus ojos, le mostró la foto en su teléfono.
L Pollyfan era el apodo que la habían dado los curiosos del barrio; una mezcla de “Lola”, su nombre real, y “Pollyfan”, una referencia a la antigua tienda de abanicos que había ocupado el local antes de que el tiempo la reclamara. Llevaba el cabello recogido en una trenza gruesa, teñida de un violeta que recordaba al crepúsculo, y sus ojos, de un verde profundo, parecían contener una galaxia entera.